sexta-feira, 16 de agosto de 2013

LA PINTURA DEL PERUANO ARMANDO VILLEGAS POR GABRIEL GARCIA MARQUEZ

DICA DE JORDE ZAVALETA ALEGRE http://papeldearbol-papeldearbol.blogspot.com.br


El maestro peruano Armando  Villegas,  cuya vida y obra es destacada por el Nobel Gabriel García Márquez, presentó en Lima, en Julio del 2013,  su obra titulada ABSTRACCIÓN / FIGURACIÓN – FIGURACIÓN / ABSTRACCIÓN.  Villegas, confirma la filosofía que nadie es profeta en su tierra, no obstante la grandeza de su obra  en la construcción de la peruanidad, como lo hacen más de tres millones de nostálgicos  conciudadanos.  
Jorge Zavaleta Alegre, Cambio16 - Madrid



La galería Enlace Arte Contemporáneo- Avenida Pardo y Aliaga 676, San Isidro - se vistió de gala para recibir a este destacado artista internacional, más apreciado en Colombia, donde reside más de cincuenta años, que en su país natal. Como gestor cultural se le debe el sueño y la ejecución del Museo de Arte Contemporáneo Bolivariano de Santa Marta.

Armando Villegas, artista colombo-peruano, nacido en Pomabamba - Ancash, en 1926 y afincado en Bogotá desde 1951, es una de las figuras más representativas de la plástica latinoamericana.

Perteneciente al grupo, que según Marta Traba, introdujo la contemporaneidad artística en nuestro país (al lado de Eduardo Ramírez Villamizar, Fernando Botero, Enrique Grau, Alejandro Obregón y Guillermo Wiedemann), ha cultivado con igual fervor el abstraccionismo y el arte figurativo, además de dedicar durante la última década su esfuerzo a la creación de un millar de esculturas elaboradas con material desechable, proponiendo así desde tres orillas distintas el vigor de su arte, siempre tocado por sus raíces ancestrales.
Villegas siempre ha combinado su infatigable labor creativa con su pasión por la pedagogía, ejercida en las más importantes universidades colombianas.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y
ARMANDO VILLEGAS, 1979
Por Gabriel García Márquez

En aquella época todo el mundo era joven. Pero había algo peor; a pesar de nuestra juventud inverosímil, siempre encontrábamos a otros que eran más jóvenes que nosotros, y eso nos causaba una sensación de peligro y una urgencia de terminar las cosas que no nos dejaba disfrutar con calma de nuestra bien ganada juventud. Las generaciones se empujaban unas a otras, sobre todo entre los poetas y los criminales, y apenas si uno había acabado de hacer algo cuando ya se perfilaba alguien que amenazaba con hacerlo mejor. A veces me encuentro por casualidad con alguna fotografía de aquellos tiempos y no puedo reprimir un estremecimiento de lástima, porque no me parece que en realidad los retratados fuéramos nosotros, sino que fuéramos los hijos de nosotros mismos.
Gabo con Arnando Villegas, 1971

Bogotá era entonces una ciudad remota y lúgubre, donde estaba cayendo una llovizna inclemente desde principios del siglo XVI. Yo padecí esa amargura por primera vez en uno funesta tarde de enero, la más triste de mi vida, en que llegué de la costa con trece años mal cumplidos, con un traje de manta negra que me habían recortado de mi padre, y con un chaleco y sombrero, y un baúl de metal que tenía algo del esplendor del Santo Sepulcro. Mi buena estrella, que pocas veces me ha fallado, me hizo el inmenso favor de que no exista ninguna foto de aquella tarde.

Lo primero que me llamó la atención de esa sombría capital de 1943, fue que había demasiados hombres de prisa en la calle, que todos estaban vestidos como yo, con trajes negros y sombreros, que en cambio no se veía ninguna mujer. Me llamaron la atención los enormes percherones que tiraban de los carros de cerveza bajo la lluvia, las chispas de pirotecnia de los tranvías al doblar las esquinas bajo la lluvia, y los estorbos del tránsito para dar paso a los entierros interminables bajo la lluvia. Eran los entierros más lúgubres del mundo, con carrozas de altar mayor y los caballos engringolados de terciopelo y morriones de plumones negros, y cadáveres de buenas familias que se sentían los inventores de la muerte. Bajo la llovizna tenue de la Plaza de las Nieves, a la salida de un funeral, vi por primera vez una mujer en las calles de Bogotá, y era esbelta y sigilosa y con tanta prestancia como una reina de luto, pero me quedé para siempre con la mitad de la ilusión, porque llevaba la cara cubierta con un velo infranqueable.

La imagen de esa mujer, que todavía me inquieta, es una de mis escasas nostalgias de aquella ciudad de pecado en la que casi todo era posible, menos hacer el amor. Por eso he dicho alguna vez que el único heroísmo de mi vida, y el de mis compañeros de generación, es haber sido jóvenes en la Bogotá de aquel tiempo. Mi diversión más salaz era meterme los domingos en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar desde la Plaza de Bolívar hasta la Avenida Chile, y pasar en ellos esas tardes de desolación que parecían arrastrar una cola interminable de otros domingos vacíos. Lo único que hacía durante el viaje de círculos viciosos era leer libros de versos y versos y versos, a razón quizás de una cuadra de versos por cada cuadra de la ciudad, hasta que se encendían las primeras luces en la lluvia eterna, y entonces recorría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los versos y versos y versos que acababa de leer. A veces encontraba a al­guien, que era siempre un hombre, y nos quedábamos hasta pasada la medio noche tomando café y fumando las colillas de los ci­garrillos que nosotros mismos habíamos consumido, y hablando de versos y versos y versos, mientras en el resto del mundo la humani­dad entera hacía el amor.

Una de esas noches, o principios de 1954, y en una reunión de amigos, conocí a Armando Villegas. Lo recuerdo muy bien desde el primer momento, porque el estaba haciendo los mismos esfuerzos que yo porque nos floreciera un bigote indigente que ni él ní yo nos hemos vuelto a quitar desde entonces, porque parecía tan macilento y mal comido como yo, pero sobre todo porque no pu­de entender cómo era posible que se sintiera en Bogotá como un nativo, mientras yo no tenía un instante de sosiego tratando de encontrar detrás del olor de hollín de las calles el olor de guayabas podridas del Caribe. Sólo lo entendí cuando supe que Armando Villegas venía de Lima, la única ciudad más tenebrosa que la nuestra, donde además no había llovido nunca y donde hacer el amor podía costar la vida.

Sin embargo, por lo que recuerdo mejor la noche en que conocí a Armando Villegas, es porque yo regresaba de mis solitarios festivales poéticos en los tranvías, y por primera vez me había ocurrido algo que merecía contarse. Ocurrió que en una de las estaciones de Chapinero había subido un fauno en el tranvía. He dicho bien: un fauno. Según el Diccionario de la Real Academia Española, un fauno es "un semidiós de los campos y las selvas". Cada vez que releo esa definición desdichada, lamento que su autor no hubiera estado allí aquella noche en que un fauno de carne y hueso subió en el tranvía. Iba vestido a la moda de la época, como un señor canciller que regresara de un funeral, pero lo delataban sus cuernos enroscados y sus barbas de chivo, y las pezuñas muy bien cuidadas por debajo del pantalón de fantasía. El aire se impregnó de su fragancia personal, pero nadie pareció advertir que era agua de lavanda, tal vez porque el mismo diccionario la había repudiado como un galicismo para querer decir agua de espliego.

Los únicos amigos a quienes yo les contaba estas cosas eran Álvaro Mutis, porque les parecían extraordinarias aunque no las creía, y Gonzalo Mallarino, porque sabía que eran verdad aunque no fueran ciertas. En una ocasión, los tres habíamos visto en el atrio de San Francisco a una mujer que vendía unas tortugas de juguete y cuyas cabezas se movían con una naturalidad asombrosa. Gonzalo Mallarino le preguntó a la vendedora si esas tortugas eran de plás­tico o si estaban vivas, y ella le contestó:
“Son de plástico pero están vivas”.

Sin embargo, la noche en que vi el fauno en el tranvía ninguno de los dos estaba en su teléfono, y yo me sofocaba con las ansias de contárselo a alguien. De modo que cuando llegué a la fiesta de amigos donde conocí a Armando Villegas, solté la revelación co­mo si hubiera sido una granada de guerra:
“He visto un fauno en un tranvía”.

Nadie me hizo caso, salvo Armando Villegas. Más aun: me contó que en Pomabamba, el pueblecito del Perú donde había nacido, los faunos y las faunas iban con sus crías al mercado los domingos en la mañana, pero en los últimos tiempos se les veía cada vez menos, porque los traficantes alemanes los desollaban vivos para vender sus pieles como si fueran de vicuña a los peleteros de Hamburgo. Desde ese momento me di cuenta de que Armando Villegas y yo no sólo seríamos amigos, sino algo todavía más compro­metedor: cómplices.

Yo trabajaba en la redacción de El Espectador, donde escribía reportajes de actualidad y notas editoriales frívolas para burlar a la censura militar. Había escrito algunos cuentos que Eduardo Zalamea, mi verdadero papá literario, publicaba en lo primera página del mejor suplemento de artes y letras de la época, e inclusive ha­bía escrito una nota de consagración en la que digo que eran cuentos muy buenos. También sabía que el inolvidable Hernando Téllez le había dicho en privado al ex-presidente Alberto Lleras que yo podía llegar a ser un escritor de los grandes si lograba supe­rar la peligrosa virtud de la facilidad. Pero no era más que eso, en una ciudad donde había demasiada gente que creía ser mucho más.

La pintura en Colombia se estaba restableciendo entonces de los estragos del muralismo mexicano y parecía a punto de naufragar en el pantano de la novedad abstracta, pero ya todos los grandes nombres de hoy estaban disputándose la primera fila. Armando Villegas era quien les enmarcaba los cuadros en la trastienda de una galería, con serrucho y martillo, y se defendía muy bien con su oficio de carpintero anónimo, mientras dedicaba sus pocas horas libres a pintar como lo ha hecho siempre: con la fuerza y la tenaci­dad de un galeote. Sin ser famoso, estaba muy lejos de ser un des­conocido. Lo único que le faltaba era un padrino de peso, y no le hubiera costado ningún trabajo conseguirlo.

Por eso recuerdo con tanta admiración, y con tanta gratitud, que hubiera tenido la modestia de pedirme que le inaugurara su pri­mera exposición importante en Bogotá. Me quedé muy confundido, porque ambos estábamos rodeados de insignes inaugurado­res profesionales, que de veras habían visto la mejor pintura del mundo y tenían sus discursos escritos de antemano con citas en su idioma original clasificadas por orden alfabético para cada oca­sión. A pesar de eso, pensé que el acto de valor civil de Armando Villegas merecía ser respondido con la misma sangre fría, y le con­testé que sí. Aquella fue la única y la última exposición que presen­té en mi vida, y pensándolo bien, el único discurso que he pronun­ciado por mi propia voluntad. Delante de todos los pontífices de la ciudad tuve esa vez los riñones de decir: “Tengo la satisfactoria impresión de estar asistiendo al principio de una obra pictórica asombrosa”. Hice bien en decirlo, porque eso fue hace 25 años, y ahora estoy disfrutando de la satisfactoria impresión de no haberme equivocado.
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La Obra de Armando Villegas
Armando Villegas (Pomabamba, Ancash – 1928). Realiza sus estudios en la Escuela de Bellas del Perú, egresando el año 1950 con el título de Profesor de Dibujo y Pintura. Hacia 1951 enrumba a Colombia y es becado en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia para realizar un Postgrado en Pintura mural, de esta Universidad egresa con el grado de Maestro en Pinturas; durante esta misma época colabora con la galería de Arte “El Callejón” de Bogotá.

En 1958, es invitado por la Unión Panamericana para exponer escultura y pintura en Washington, EEUU, el año siguiente funda el taller de artesanías “Gruta de Arte”. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas en Latinoamérica y Europa, combinando su labor creativa con la pedagogía, la cual ha ejercido en importantes universidades colombianas. A lo largo de su trayectoria artística ha recibido numerosas distinciones, entre otras podemos mencionar: El Primer premio del Salón Escritores y Artistas de Bogotá, Colombia (1955); Segundo Premio, Concurso Mural Coltejer. Medellín, Colombia (1957); Segundo Premio, XI Salón Nacional. Bogotá, Colombia (1958); Mención de Honor, XV Salón Nacional Colombiano (1963); Mención de Honor, I Bienal de Quito, Ecuador (1968); Comendador de la Orden de San Carlos, República de Colombia (1982); Caballero, Gran Oficial y Gran Cruz de la Orden “Al mérito por Servicios Distinguidos” del Perú (1987); Comendador del Congreso de la República de Colombia (1993); recibe la Orden Tayrona, de la Gobernación del Magdalena (2003); recibe la Medalla de Honor del Congreso de la República del Perú (2005); recibe la Gran Orden Ministerio de Cultura, República de Colombia (2007); el Maestro Villegas este año fue nominado al Premio Príncipe de Asturias de las Artes por su trabajo artístico de más de cinco décadas. En la actualidad reside y trabaja en Colombia.

Esta muestra llega a Lima gracias al esfuerzo de Enlace Arte Contemporáneo y el auspicio de la Embajada de Perú en Colombia, convirtiéndose en una importante ocasión para el público peruano de apreciar una selección de obras de uno de los artistas peruanos de mayor trascendencia en el arte Latinoamericano contemporáneo y que expone después de una larga ausencia en nuestro país.
Yo persigo una forma. Hojas de vida de July Balarezo


La Agencia EFE, destaca que la exposición individual en Lima del maestro peruano Armando Villegas titulada Abstracción/ Figuración – Figuración / Abstracción  propone o plantea un recorrido esencial por parte la amplia trayectoria de más de 60 años de trabajo de Armando Villegas, con más de 40 obras que destacan como vivos ejemplos de la exploración y experimentación puras propias de su trabajo.

La muestra está formada por obras de diverso formato, trabajadas en diversas técnicas. El óleo, el collage, la encáustica, entre otras, se conjugan para dar lugar a un conjunto de obras que resumen la producción artística de Villegas, desde una obra temprana fechada en 1974 y que anuncia ya este paralelo Abstracto/Figurativo hasta obras de la última década en las cuales los materiales de desecho aportan diversas texturas y plasticidad a la obra.

Años atrás, el Convenio Andrés Bello (CAB) publicó un libro que recoge la obra del pintor peruano Armando Villegas, residente en Colombia hace más de cincuenta años, y abrió una exposición de pinturas del artista en su sede cultural de Bogotá.

La publicación titulada "Abstracto", incluye textos de Alvaro Medina, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional, y fue presentada el jueves en la noche por el periodista colombiano Germán Castro Caicedo.

A la apertura de la exposición de obras recientes abstractas asistieron el embajador de Perú en Colombia, José Luis Pérez Sánchez-Cerro, y el secretario ejecutivo del CAB, el ecuatoriano Francisco Huerta Montalvo.

Armando Villegas es famoso por su serie de pinturas "Los guerreros" y pese a no haber nacido en Colombia, es considerado uno de los artistas más importantes del arte moderno en el país, junto a los ya fallecidos Alejandro Obregón y Enrique Grau, y a Fernando Botero, entre otros.
Villegas nació en 1928 en la provincia peruana de Pomabamba (región Ancash) y estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú.

En 1950 llegó a Bogotá, donde formó su familia y desarrolló la mayor parte de su carrera artística. Actualmente es ministro consejero cultural honorario de la Embajada de Colombia.
El CAB, acuerdo de integración educativa y cultural fundado en 1969, está formado actualmente por Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, España, Panamá, Paraguay, Perú, Venezuela y Cuba.