sábado, 18 de janeiro de 2014

O Brasil pelos olhos argentinos

Uma Latitudes no Clarin ;-) 





























Sole, Soledad Domingues é sócia criadora da Rede Latitudes. Ha anos no Brasil se tornou uma embaixadora da Argentina no Brasil e vice-versa 

Artigo de Clarin de hoje (18/01/2014)


Una argentina en Río: la fantasía de vivir en el país del “tudo bem”

POR SOLEDAD DOMÍNGUEZ LICENCIADA EN COMUNICACIÓN SOCIAL (UBA) Y MBA EN GESTIÓN CULTURAL (UNIVERSIDADE CANDIDO MENDES, RIO DE JANEIRO).

Desinhibidos. Muchos argentinos sienten que en Brasil existe un ambiente donde el afecto surge a flor de piel, las apariencias importan menos, la gente se arriesga a lo espontáneo y la música es diálogo. Qué hay de cierto y qué de mito en estas sensaciones.
Empezó en Florianópolis. La autora (izq.). y su hermana Guadalupe iban con sus padres a esas playas. El primer contacto con el portugués la deslumbró.



Mi decisión de vivir en Río de Janeiro nació con música. Cuando tenía entre siete y diez años escuchaba canciones de Chico Buarque, Elis Regina, Vinícius de Moraes y otros grandes. Sus voces me acompañaban en los viajes en auto que hacía con mis padres y mi hermana a Florianópolis. Quizás influyó también el mar de Brasil, no tan frío como el de Villa Gesell, las curvas constantes del camino, los morros verdes y las lluvias abundantes que Elis Regina y Tom Jobim celebran en Águas de MarçoÉ a chuva chovendo/ É um pingo pingando/ É uma prata brilhando/ É a luz da manhã/ Fechando o verão (“la lluvia lloviendo/ la gota goteando/la plata brillando/ la luz de la mañana/ cerrando el verano”). Pronto me daría cuenta de que el tema iba más allá de la música y de la geografía. Yo percibía en Brasil una manera de ser espontánea que se conectaba mejor con mi interior. Por momentos sentía que ese modo diferente de estar en el mundo caracterizaba también al idioma. Todavía recuerdo la primera vez que escuché hablar en portugués. Yo estaba medio dormida mientras mis padres averiguaban, en forzado portuñol, si había lugar para alojarnos en una posada. Cuando el dueño respondió me pareció reconocer una sonoridad que, no sé por qué, asocié al francés que había estudiado en el colegio. Y en este caso con el agregado de cadencias rítmicas que despertaron en mí un amor a primera vista.


En viajes posteriores mi otra gran sorpresa tuvo que ver con las playas. Observé que ahí las brasileñas podían ser gordas, voluptuosas, con o sin celulitis, y que los brasileños podían ser barrigones, calvos o lo que fuera, pero que ninguna de esas condiciones físicas resultaba molesta para nadie. En todos los casos hombres y mujeres se exhibían tranquilos ya sea en biquinis mínimas o en las clásicas sungas masculinas.
No tenían vergüenza de mostrar sus cuerpos. Los adultos que me rodeaban decían que esa era una diferencia marcada con los argentinos, más recatados, siempre en shorts y hasta con mallas enterizas. Un verano, ya en plena adolescencia, compré un vestido tejido a mano. Era colorido, corto y entallado y me acompañó en toda mi juventud. Pero el vestido estuvo casi todo el tiempo colgado en el placar. Cada vez que lo veía me parecía exótico, lindo, sensual… Pero aunque tuviera muchas ganas de usarlo no me animaba en la Argentina. Me lo ponía solamente cuando me sentía segura en la informalidad de la tierra brasileña.
De regreso a Buenos Aires fui incorporando ese estilo relajado a mi cotidianidad. Lo primero que se me ocurrió fue experimentar con las danzas y me inscribí en un curso de ritmos afrobrasileños. A cada compás de percusión sentía que conectaba la música con mi cuerpo.
Al principio intentaba seguir los pasos de mi profesor bahiano –alto, moreno y con una paciencia de oro– pero mis pies sólo reproducían una secuencia de torpezas que, de a poco, fueron cediendo a movimientos más armónicos. Y cuando me olvidé de seguirlo solté por fin las caderas al son del quiebre y requiebre de los tambores de la gran banda Olodum y su alegría contagiosa.
Olodum tá hippie, Olodum tá pop/ Olodum tá reggae/ Olodum tá rock/ O Olodum pirou de vez (Olodum está hippie, Olodum está pop, Olodum está reggae, Olodum está rock, Olodum enloqueció).
Pasado un tiempo empecé a ampliar mis conocimientos sobre el país vecino. Uno de los libros que especialmente me marcó entonces fueRaíces de Brasil, de Sérgio Buarque de Holanda, que me acercó a una comprensión de los procesos de formación social. Y fue a partir de otras lecturas que conocí mejor una cultura que ya me estaba tomando por completo. Después de años de hablar el idioma y acumular datos y vivencias tomé una decisión: me postulé a una beca de posgrado para una especialización en Humanidades en América del Sur. Elegí como opción de lugar la ciudad de Río de Janeiro, gané la beca y me animé a dar el paso. Desembarqué en Río en 2005, comenzando así lo que llamo la etapa carioca de mi vida adulta. Poco a poco fui descubriendo similitudes y diferencias entre la realidad y la fantasía que había construido con los años. No llegué a Brasil con expectativas claras. Pero sí con la convicción de que nada podía salir mal en el país del tudo bem.
Durante los primeros meses me mudé de casa cinco veces en una ciudad superpoblada donde los exigentes requisitos para alquiler de vivienda no son fáciles. Eso no era todo. También me la pasaba haciendo colas para tramitar la visa de estudiante junto a chinos, estadounidenses y colombianos. Supe así hasta qué punto era extranjera en mi Brasil querido. A eso se sumó la demora del depósito del dinero de mi beca que no llegaba por cuestiones administrativas. A mis preguntas en la Facultad, la respuesta era calma: “Está todo bien, no se preocupe, seguro que llegará a tiempo”. Reacciones de ese tipo me sonaban exageradamente optimistas. Parecía que todo iba a resolverse por obra y gracia de voluntades bien intencionadas. Pero la realidad no es así, pensaba yo con mi mente argentina. A esa altura empecé a desconfiar del tudo bem . Sin embargo, percibí luego que esas expresiones componen una forma particular de encarar los hechos sin dramatismo. Es lo que también me enseñó una sabia canción de Iván Lins.
Já tivemos muitos desenganos/ Já tivemos muito que chorar/ Mas agora acho que chegou/ a hora de fazer valer o dito popular/ Desesperar jamais (Ya tuvimos muchos desencantos/ ya tuvimos mucho que llorar/ Por eso llegó el tiempo de volver al dicho popular/ Desesperar jamás). El descubrimiento me ayudó a aliviar preocupaciones. También aprendí a escuchar al otro evitando la confrontación. Nunca vi en Brasil fuertes discusiones sobre política en las reuniones sociales. Los desacuerdos se expresan pero sin la vehemencia que observo en Buenos Aires. Las novedades sobre el dólar, la inflación, la política o el fútbol aparecen en la Argentina de manera recurrente y agotadora. No digo que Brasil se mantenga al margen de esas cuestiones. Pero todo sucede con un énfasis menos marcado.
El optimismo y la alegría me acompañaron desde que llegué. Fueron visibles por ejemplo en el trato amigable de mis compañeros de la universidad. Ellos me hicieron sentir confianza desde el primer contacto físico, tan usual en Brasil, que consiste en dar y recibir dos besos y un abrazo. Debo aclarar que esa intimidad no necesariamente significa compromiso verdadero. Se trata más bien de una calidez que se refleja incluso en los diminutivos cariñosos que se usan para nombrar a las personas. Yo siempre fui Sol (difícilmente Soledad) así como algunas compañeras son llamadas Paulinha (nunca Paula) o Gigi (nunca Gizella). Pude sentir esa proximidad, también, al experimentar el estilo frontal de los cariocas a la hora de acercarse a una mujer. Más de una vez, en una fiesta, me han tomado de la mano o de la cintura para bailar. Casi sin palabras. En esos casos, la mirada o un ligero gesto alcanzan. No obstante confieso que extraño a veces el galanteo discursivo y los gestos de caballerosidad de los argentinos.
Existe un lugar donde me reencuentro con mis ideales de un Brasil abierto y tropical. Me refiero a las playas cariocas, principalmente Ipanema. Es ahí, junto a sombrillas rojas y bebiendo caipirinha de fruta preparada al instante, donde disuelvo tensiones. Desde que vivo en Río pude entender mejor la naturalidad brasileña tan mentada por mis padres.
Hasta mi cuerpo se expresa de una manera más desinhibida. Y eso, como he dicho, nada tiene que ver con trajes de baño pequeños y exuberancia de contornos. Es algo más ligado a una actitud de comodidad y soltura al andar que también adopté. Aclaro que eso, por ejemplo en la mujer, no significa mostrar todo ni ser presa fácil, una imagen estereotipada de las brasileñas en el exterior que me molesta bastante. Sí noto un culto al cuerpo y su cuidado. En cualquier caso se mantiene una actitud razonablemente pudorosa. Por mencionar un ejemplo, nunca había visto hacer topless en el país de la supuesta desinhibición. Hace algún tiempo, un grupo de mujeres realizó en Ipanema lo que se llamó toplessazo , una acción favorable a la naturalización de esa práctica en las playas. Acudí a la convocatoria pero no estuve cómoda. Si bien no me quité la parte de arriba de la biquini, me sentí de algún modo manoseada por un ejército de ojos curiosos, fotógrafos y camarógrafos que registraban unos pocos pechos al descubierto como si fueran rarezas secretas y justificadamente prohibidas. A ese hecho se sumaron algunos comentarios agresivos que me hicieron entender que el topless no es tan natural en Brasil como sin duda lo es en Europa.
La sensualidad corporal es sólo una parte del carnaval de Río. No todo pasa por el sambódromo . De hecho la gran fiesta se da en las calles de los barrios que convocan a la gente a cantar y a bailar con los disfraces más diversos: antenas de neón, pelucas enruladas, tutú y vinchas coloridas.
Bastó ver a mis amigos disfrazados de bebés, corneta en mano, para atesorar el más lindo recuerdo que tengo de la celebración mayor. Ahí resulta suficiente saltar al ritmo de tradicionales canciones populares como mamãe eu quero, mamãe eu quero, mamãe eu quero mamar , evocando a la Carmen Miranda de los años ‘40. Esa alegría, cabe añadir, ayuda a amortiguar el efecto innegable de la suciedad y los olores que quedan en las calles después del miércoles de ceniza. En el Río de postal tampoco se ven las sombras de la pobreza. Pero la desigualdad social es notoria. Recuerdo que un día caminaba por la calle Barão da Torre, en Ipanema, y vi una entrada lateral a la favela del morro de Cantagalo. Observé ahí cómo, por un sendero de barro, la gente subía y bajaba en medio de una aglomeración de casas precarias. Pobreza y opulencia en la misma cuadra. Y casi nadie parecía extrañarse.
Durante todo este tiempo tuve muchas idas y vueltas entre Buenos Aires y Río de Janeiro. Por ahora, soy carioca. Hace cuatro años hice la experiencia de vivir en Porto Alegre, un punto intermedio. Allá los inviernos son duros y los gaúchos se parecen más a los argentinos. Percibí que soy poco tolerante a los días nublados y que el frío es una sensación térmica que ya perdí. Y algo más. Descubrí que me identifico más con el bullicio de Río. Es una especie de música que me hace sentir acompañada aún estando en casa. La informalidad de “aquel abrazo” apretado de Gilberto Gil O Rio de Janeiro continua lindo/ O Rio de Janeiro continua sendo la llevo conmigo en cada viaje a Buenos Aires, donde siempre me quedo esperando el segundo beso en la otra mejilla.